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TRAS LOS PASOS DE ARLT

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Tras los pasos de Roberto Arlt en Patagones y Viedma, 85 años después. Por Claudio García
Río Negro - Viedma: En enero del 2019 se van a cumplir 85 años del viaje en tren que hizo Roberto Arlt a la Patagonia, recalando primero en Carmen de Patagones y Viedma y luego en San Carlos de Bariloche y otros puntos de la Zona Andina. Las impresiones de ese recorrido se volcaron como “aguafuertes” –si bien la palabra proviene del mundo pictórico, se denominaron así los artículos literarios del autor de "El juguete rabioso” por el parentezo de mostrar en palabras realidades fragmentadas de la realidad- que fueron publicados en el diario El Mundo.
Esas “aguafuertes patagónicas” tuvieron menos difusión que las prolíficas “porteñas” y, sin dudas, la obra estrictamente literaria es la que colocó a Arlt como uno de los escritores más importantes e influyentes de la literatura nacional. Pero hace unos pocos años, el periodista y escritor Carlos Espinosa tuvo la virtud de presentar un libro donde no sólo revaloriza aquellas aguafuertes, sino que le suma una obra propia y original sobre el paso de Arlt por Carmen de Patagones y Viedma.
En “Roberto Arlt en la Patagonia/Sus aguafuertes y andanzas imaginarias”, Espinosa reproduce las “aguafuertes patagónicas”, agrega  notas informativas que ubican al lector en aquel tiempo, y le suma precisamente el relato ficcional de los movimientos que el autor de “Los siete locos” habría realizado en la comarca, especialmente en la ciudad maragata, conjeturados a partir las cuatro aguafuertes escritas de su paso por esta zona.
Los 85 años de la presencia de Arlt al sur del río Colorado felizmente motivaron a Espinosa a hacer en los próximos días un relanzamiento de su libro, agregando una faja que hará mención a este aniversario.  A esto le sumará un hecho no menor, colocar un cartel la esquina del hotel Pércaz de Carmen de Patagones que informe que en ese lugar se alojó Roberto Arlt en 1934, contribuyendo al patrimonio histórico y cultural ya significativo de la comarca, que permite atraer turistas o asombrar al ocasional visitante de estos pagos.
No es difícil adivinar el por qué Espinosa se propuso hacer este libro. Tiene toda una trayectoria como cronista de la historia de la comarca, pero saliendo de lo macro-institucional o la simple descripción de hechos (que es de lo que formalmente suelen ocuparse los libros de historia), para bucear en su vida cotidiana, en el rescate de la memoria oral, en los rastros de la “acción social” (diría Max Weber) que son los que terminan construyendo y caracterizando una comunidad.
Allí están sus incontables crónicas que ha reproducido en medios de comunicación orales y escritos (que pueden encontrarse en sus blogs) y dos valiosos libros “Perfiles y Postales, crónicas de la historia chica de Viedma y Carmen de Patagones” y “Por los pasos en la vereda, crónicas en primera persona de la vida cotidiana en Viedma y Patagones”, éste último donde ya la pluma de escritor se impone a la de cronista.
De toda esta pasión por la comarca, sin ninguna duda iba a surgir alguna vez en Espinosa la inquietud de abordar el paso de Roberto Arlt por esta zona.
Y lo hizo en forma creativa, no quedándose en la simple reproducción de lo escrito por el escritor nacido en Buenos Aires en el 1900, con algún que otro comentario al margen, sino encarando desde sus virtudes como escritor las huellas de Arlt que no están en sus aguafuertes.
Después de leer este libro, seguramente los encuentros ficcionados de Arlt con vecinos maragatos, los diálogos, sus pensamientos, sus elucubraciones, quedarán en la cabeza del lector entremezclados con los descriptos realmente por el autor en sus aguafuertes. Con el tiempo quizás cueste, en la memoria, diferenciar unos de otros. Y estará bien.
ASÍ ESCRIBE
Aquella noche
Mientras fumaban y bebían café, en la confitería Los Andes, enfrente de la plaza Siete de Marzo, un grupo de parroquianos pasaba revista a las novedades del día. Del grupo formaba parte, como todas las noches, Braulio, empleado del hotel Pércaz. “Hoy llegó un tipo de Buenos Aires que debe ser un artista”, comentó. Se acercaba a la mesa, en ese momento, el joven Pascualino Pietrafaccia, estudiante recién recibido de bachiller, de cómoda posición económica y atrevidos gustos en materia de vestimenta, original y creativo, y que era el mismo joven de vistoso sombrero panamá con el que Arlt se había cruzado a poco de llegar.“Ah, sí”, apuntó Pascualino, “lo he visto esta tarde y me preguntó por el correo”.
Los cuatro pares de ojos de los otros cuatro miembros del grupo, apuntaron con interés hacia el joven de veraniega vestimenta. Pascualino comprendió que estaban pendientes de las noticias que podía aportar sobre el recién llegado y en poco segundos evaluó que no era suficiente limitarse a la narración del brevísimo intercambio de palabras con forastero, y coligió que su ansioso auditorio necesitaba ser satisfecho con mayor cantidad de datos, tantos como su propia imaginación fuese capaz de aportar.
“Sí, en efecto, me preguntó por el Correo y me comentó que tenía que mandar a Buenos Aires una pieza postal muy importante, porque es… (y aquí demoró un par de segundos en darle profesión al visitante) porque es investigador de la fauna marina y vino a nuestra zona para estudiar a los lobos marinos de la desembocadura del río en el mar. Y por eso mismo anda con una valija llena de esos aparatos para poder mirar de lejos, de largavistas y esas cosas”.
Braulio, que había sido testigo directo de la llegada de Arlt al hotel Pércaz, pudo aportar su propia información: “Sí, cuando el botones quiso tomarle la valija para llevársela al cuarto, este hombre le dijo que solamente él la toca, porque lleva instrumentos de trabajo muy delicados. No, herramientas de trabajo dijo, exactamente”. Paulino sintió que se convertía en el centro de la conversación, porque su diálogo imaginario con el desconocido se corroboraba con el aporte del empleado del hotel. Arriesgó un poco más, todavía: “anda vestido con un capote que parece de marinero y en uno de sus bolsillos lleva un aparato que es una mezcla de brújula y astrolabio, como los que yo he visto en el laboratorio de un amigo de mi padre, en la Universidad, en La Plata”.
“Miren, che, tenemos un verdadero científico de visita en Carmen de Patagones, habría que avisarle a La Nueva Era”, comentó uno de los contertulios, para ir cerrando el tema y pasar al capítulo de las noticias deportivas: “¿saben dónde se está entrenando Cativa Tolosa para el match con Libre González, el campeón de Bahía Blanca?”; “¿Alguien pudo conversar con el doctor Lapalma sobre los detalles de su travesía por el río?” preguntó otro.
Aquella noche Roberto Arlt terminó de escribir su primera crónica del viaje a la Patagonia y sin desvestirse se tiró en la cama. Cerró los ojos y repasó mentalmente las líneas finales de su novela “La vida puerca”, aquella misma que, llevado por complejas circunstancias y el consejo oportuno de Ricardo Güiraldes, había rebautizado como “El juguete rabioso” para lograr su publicación.
“Arsenio Vitri se levantó, y sonriendo dijo: —Todo eso está muy bien, pero hay que trabajar. ¿En qué puedo serle útil? Reflexioné un instante, luego: —Vea; yo quisiera irme al Sur… al Neuquén, allá donde hay hielo y nubes… y grandes montañas… quisiera ver la montaña. —Perfectamente; yo le ayudaré y le conseguiré un puesto en Comodoro; pero ahora váyase porque tengo que trabajar. Le escribiré pronto… ¡Ah! y no pierda su alegría; su alegría es muy linda”.
Un momento antes de dormirse Arlt se reía de la contradicción entre los deseos de Silvio Astier, aquel personaje protagónico de “La vida puerca-Juguete rabioso”, el ofrecimiento del acaudalado Vitri, y la casualidad de su primera noche en territorio patagónico. Meditaba: “siempre supe que las montañas de la cordillera están muy lejos de Comodoro Rivadavia, pensé que para Silvio esa distancia no era una limitación, que podría llegar al fin. Y aquí estoy, ahora, dejándome llevar por el cansancio en esta habitación de un hotel en Comodoro, pero en la calle Comodoro Rivadavia de Carmen de Patagones. Las montañas están todavía lejos, pero allá voy, sin perder la alegría.”
Arlt se fue durmiendo con una confusa mezcla de imágenes y sonidos que transitaban de la vigilia al sueño. Su amigo y compañero del diario, Conrado Nalé Roxlo, aquel que firmaba como ‘Chamico’, le acercaba un paquete de cigarrillos y le decía: “tratá de fumar menos en la Patagonia, no desperdicies el aire puro”; y Carmen, su mujer, le planchaba su camisa preferida, esa blanca con rayitas azules, mientras le pedía algo, le encargaba un regalo, un souvenir del sur, una cosa que él no entendía, porque Carmen le hablaba de espaldas.
El grupo de amigos de la confitería Los Andes se fue desarmando a eso de las once y media. “Pascualino, si te lo encontrás de nuevo al científico ese invítalo para mañana a la noche, para que se tome una copa con nosotros y nos cuente algo de su investigación sobre los lobos de aceite” propuso el doctor Ecay, el talentoso médico de activa vida política en el seno del partido conservador y, por lo mismo, protagonista importante de la vida social de Carmen de Patagones en aquel 1934.
 
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