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LAS VIDAS DE ROBERTO AYALA

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RamonAyala

Todas las vidas de Ramón Ayala
Formosa: A sus 92 años, el cantante y pintor sigue activo y acaba de publicar un libro de poemas y prosas. En su atelier de San Cristobal, uno de los maestros de la música del litoral repasa su camino y suelta enseñanzas.
Folclore
"Escuchá el silencio”, dice Ramón Ayala. Es media tarde en el atelier de su casa del barrio de San Cristóbal. Esta pequeña paz porteña, dice, es la que lo mantiene aquí, lejos de la tierra misionera que es su origen y su obra. De pantalones blancos y guayabera azul, el bigote en dos fases, los ojos pequeños y movedizos, especta satisfecho los cuadros de su autoría que pueblan la sala en penumbras. Hay mujeres con vasijas sobre sus cabezas, un paisano de sombrero y camisa tinta, animales enmarcados en cielos cubistas, rostros que recuerdan a Oswaldo Guayasamín.
Los retratos de María Morel, su madre paraguaya, descendiente de franceses, y de su padre, Gumersindo Cidade, correntino de ascendencia brasileña, flanquean la salida en dirección a las escaleras, donde más pinturas acompañan el descenso hasta un corredor luminoso.
Ya en la mesa, Ayala recorre las páginas de Poemas, cuentos y relatos del camino (EdiUns, 2018), un concentrado de su imaginería personal que incluye, por primera vez, ilustraciones del autor. Dividido en dos partes, el libro dibuja una curva de vida que va de los relatos selváticos de sutil surrealismo hasta los sonetos dedicados a María Teresa, su amada, y meditaciones sobre la finitud y el misterio de la existencia.
¿Por qué eligió estos textos?
–Yo soy un tipo muy variable. Trato de aproximarme a la vida, intentando que la vida no me maneje como se le canta. Vos sos el que la manejás: en el orden con que te metés en los ámbitos que ni sospechabas. Y de pronto, viene y te dice ‘Eh, ¿dónde vás? ¿no te cansás todavía?’.
Ramón Gumersindo Cidade nació en Garupá, Misiones, en 1927. Pocos años más tarde, se trasladó a Buenos Aires con su madre y sus hermanos, siguiendo el camino que muchas otras familias emprendieron hacia una ciudad que crecía con las legiones de migrantes internos. En los patios, quilombos y boîtes, Ramón conoció la guitarra y adoptó su apellido artístico, con el que se aventuró a la noche. Integró la orquesta de Damacio Esquivel y entró en contacto con músicos que interpretaban las formas guaraní-litoraleñas que resonaban en su infancia. Las polcas y chamamés de Samuel Aguayo, Tránsito Cocomarola y Ramón Estigarribia acompañaron el desarrollo guitarrístico de Ayala, que recorrería el país por primera vez como músico de la folclorista catamarqueña Margarita ‘La Mama’ Palacios. Más tarde, con el trío que formó junto a Arturo Sánchez y Amadeo Monges en 1947, empezó a soltar su voz de barítono y estiró su mapa interpretativo a cuecas, zambas y valses. Hasta que la aparición, como un trueno en el murmullo del monte, del original “El mensú”, lo decidió a iniciar un camino solista.
–Cuando compuse El mensú, que ahora se toca en varias partes del mundo, no sabía que iba a tener tanta trascendencia. Y así es. Qué misterioso es todo, carajo.
Ayala busca recuperar el encuentro que tuvo con el Che Guevara en Cuba, una noche de 1962, cuando el revolucionario le dijo que en la Sierra Maestra se cantaba aquella pena del trabajador yerbatero. De viaje y sin saber siquiera que tal cosa existía, Ayala se convertía en uno de los autores del Nuevo Cancionero del Folclore “a fuerza de observación de mi entorno y de un estado de conciencia”. “El cosechero”, “Canto al Río Uruguay”, “Posadeña linda”, “Retrato de un pescador” y otras tantas alimentaron la leyenda del cantor trashumante que tocaba por el sustento en Tanzania o Chipre mientras Mercedes Sosa grababa sus canciones. Como un cineasta, Ayala fue construyendo un mundo habitado por personajes palpables, con un lenguaje y aspecto propios, que son uno con su entorno: los escenarios exuberantes de la selva misionera.
Tus obras musicales y pictóricas parecen entrelazarse ¿Van unidas?
–No, son cosas paralelas. Pero sin querer, por imperio de la mano caprichosa, todo eso está en el aire, en vos. La misma que te ordena crear un escrito sobre un hecho real también puede pedirte que escribas algo que te han contado y que te sorprendió, y que está dormido adentro tuyo. Y un día escuchás una cosa parecida y decís ‘no puede ser, esto está indicado para mí’.
¿Cómo se hace para asir esas cosas y bajarlas a una obra?
–Yo creo que no hay que apresurarse, que por más que uno sienta bullir dentro suyo la necesidad imperiosa de crear algo, tiene que saber que eso, con tiempo, puede ser perfecto el día de mañana. Hay gente que se vuelve loca por la construcción de una historia, pero hay que esperar el empujón.
En uno de los cuentos del libro, Ayala narra el combate entre un pescador y un pez enorme y misterioso que habita las profundidades del Paraná. El visitante piensa en un manguruyú, pero el pescador, que conoce sus desplazamientos y ha sufrido su corcoveo, sabe que es el Pira hû, un monstruoso pez de lomo negro-azulado y ojos de diablo. Nadie ha podido atraparlo con caña o red, por lo que el pescador montará una trampa subacuática para aprisionarlo y así revelarlo a la superficie. Es un relato que, como buena parte de la obra de Ayala, tiene un pie aquí y otro allá; uno en Horacio Quiroga y otro en Moby Dick. El Pira hû es atrapado, pero nadie llegará a verlo; escapará en la noche y su existencia seguirá siendo una leyenda.
Ayala ha permanecido bajo la superficie por años. Pero en 2013, un golpe a dos bandas lo repuso en escena como una de las leyendas vivientes de la música de raíz popular latinoamericana. El extraordinario documental del artista Marcos López –siguiéndolo en sus viajes, capturándolo en la intimidad y registrando el alcance de su obra– y el álbum El cosechero (Los Años Luz Discos), producido por Javier Tenenbaum, consolidaron un rescate que habían comenzado su coterránea Cecilia Pahl con Corochiré (2010), y una trilogía de discos propios entre 2005 y 2007. Muestras de su obra pictórica y apariciones televisivas completaron un renacer a los 80 años, que tuvo un cierre de oro con “Las Trincheras Ardientes del Paraguay”, un poema monumental dedicado a la Guerra de la Triple Alianza que ahora piensa reeditar. Poemas, cuentos y relatos del camino viene a dar cohesión a ese mundo, ya que por primera vez se reúnen poesía, prosa e ilustración de Ayala en un mismo volumen.
¿Qué parte tuya representa este libro?
–Acá vamos al origen. A por qué uno, de pronto, sale de su hábitat. Me he puesto a responder a ciertos ataques interiores y he abandonado una cantidad de cosas presenciales. Y bueno, empecé furiosamente a trabajar. Habían comenzado algunas cosas sin que me diera cuenta, y de pronto estaban ahí.
Hay relatos que apuntan a tu infancia. ¿Cómo aparecieron en tu cabeza?
–Son imágenes que han nacido con el libro, y con la vida de uno. Y a las que nunca le había dado una real importancia. Pero después te das cuenta de la enorme vibración y el enorme color de vida y de muerte que tienen.
¿Cómo trabajás para que eso tome forma?
–Será que también soy pintor. Y uno, de pronto, tiene a sus espaldas como si fuera un dedo, que te señala y te dice, ‘¿Y, para cuándo yo?’. Qué pregunta. Esa pregunta es un escalofrío. ¿Cómo, me estoy olvidando de mi gente, mi razón de vivir?
Ayala ronda los asuntos de la charla, pero evita la precisión. Dice que, a veces, los poemas y pinturas lo persiguen por los pasillos “por no tener el coraje de pararse y comenzar una nueva obra”. Dice, también, que a veces una sola palabra puede ser un índice para “recular en el tiempo y encontrarte con alguien que resucita con tus palabras”. Por eso, mientras responde, improvisa versos, recupera un joropo dedicado a una morena ecuatoriana, dice: –Es importante que uno viva descubriendo cosas. Porque cuando uno deja de descubrir, se empieza a morir. Yo creo que a la vida no hay que darle chance de que te nuble, de que te haga desaparecer. Creo que la vida es un hecho que estaba formado ya, para que vos descubras cómo es el asunto.
¿Te sentís parte de alguna tradición?
–No. Yo fui haciendo cosas, me largué a hacerlas, lo más acertadas posible. Yo soy admirador de Yupanqui por el criterio con el que él ha enfocado su mundo. Así como la vida te va acercando a los árboles más fértiles, yo no quisiera robarle una hoja o una rama, sino todo. Porque cuando te encanta alguien, vos tenés el secreto deseo de conocer, de tener parte de ese material pero sin llevarlo, sino entendiéndolo. Con entenderlo basta. Porque tampoco es bueno ser un individuo que se queda con reflejos o sonoridades que han brotado de ese ser superior. Uno no debe entregarse totalmente. Es increíble la creación. A veces me atacan obras que se convierten en un buen poema. Y lo digo con el peso de la palabra, porque cuando después lo leo digo ‘está bien, está bien’. Y tiene que estar bien, carajo. Si no, hay que borrarlo. Así lo hago yo.
¿Te gusta la idea de que lo mejor que le puede pasar a una canción es que se haga anónima?
–No. Es una idea muy irresponsable, porque cuando la gente aplaude la vida de un ser humano, está aplaudiendo un desarrollo mental, del conocimiento. No es únicamente él o ella, es el tiempo y la vida que han ido trabajando en sus renglones, escribiendo.
 
Fte e Img: Siempre Formosa
https://www.siempreformosa.com/2019/03/todas-las-vidas-de-ramon-ayala.html
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