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EL MAR QUE NOS TRAJO

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Una novela de la escritora argentina Griselda Gambaro describe el escenario de la inmigración europea a fines del siglo XIX. 
Río Negro - Bariloche: Los esfuerzos, las nuevas costumbres y la nostalgia por dejar la tierra natal acompañan al protagonista de la historia. Una columna de Nora Blok para B2000.
El mar que nos trajo Por Nora Blok para Realidad, ficción e imaginación de B2000
Una foto en sepia se constituye en un obligado tributo al simbolismo en la incorporación de un Buenos Aires como escenario y una lejana y próxima –a la vez – Italia. Peripecias de unos personajes signados por una insaciable soledad, desesperación, pobreza y nostalgia.
Un marco urbano aloja y lleva a un primer plano la historia de una familia de inmigrantes, quienes exhiben la resistencia de modos diferentes en una realidad tipificada: el conventillo, la fábrica, el taller, el almacén, el bar, las costureras y quehaceres redituables.
El ingreso de inmigrantes cambia la esencia étnica del país y el tipo de vida con el proceso de asimilación y el del cosmopolitismo. Dos caras de un mismo prodigio que es la nueva realidad argentina.
Solo que la apelación al pronombre “nos” en el título y su cierre desdobla la certeza de un formato original y poético: el itinerario de sus antepasados y con ello recuperar el pretérito que conforma el entramado singular argentino.
Como señala María Gabriela Mizraje (“Clarín): “Griselda Gambaro desanda el rumbo de los barcos de su propia genealogía para calar en el centro luminoso y urgente de algunas verdades”.
En 1899, Agostino embarca, recién casado, desde la isla de Elba a Buenos Aires. Amarrar no es fácil. Subsistir menos. Trabajo insalubre y esfuerzos van encadenando las lastimeras maneras de sosegar la pena en un nuevo y prometedor suelo.
Conocer a Luisa una joven “delgada, de rasgos afinados y cabellos castaños” oriunda de Florencia es el atajo –para ambos- de domeñar los gritos interiores y el comienzo de una relación con su fruto: Natalia, a quien él nombra con ternura una y otra vez “barquita mía”.
La añoranza por momentos presente. “(…) tuvo nostalgias del mar y sobre todo del color azul del mar” no le impide disfrutar de Natalia quien “con sus preguntas vivaces en media lengua, la gracia de sus gestos, lo compensaba de sinsabores y él la adoraba”.
Tiempo feliz que doblega al cansancio y la rutina. Pero el pasado regresa y Agostino se transforma en el hombre escindido. Una existencia sombría lo devuelve a su isla y a su primera mujer, Adele.
En Buenos Aires, quedan Luisa y Natalia sumidas en el rencor. En Elba, Adele y él reinician su matrimonio -bajo amenaza- para acallar las murmuraciones pueblerinas y aunque llegue un hijo, Giovanni, la entrega mansa no acalla la desventura de la más horrenda de las soledades: la de dos juntos por mandato.
Luisa es una sombra y Agostino, un recluso. Adele expande en su interior el silencio perpetuo ante lo que imagina y no osa decir. La llegada de un hijo colabora para que tenga un nuevo sentido su vida.
Adele y Agostino retoman el hilo de una existencia apagada. Él nunca olvida a su hija y es la foto ubicada en un sitio visible su único modo de protestar y aligerar la añoranza. Con el tiempo logran acomodarse. Uno en la pesadumbre, la otra en el mutismo.
Las dos mujeres solas en una ciudad poblada de inmigrantes no cubren la pauperización de sus vidas, a pesar del encomiable esfuerzo diario para cubrir sus necesidades. El abandono nutre sus pasos de diferente manera.
Animosidad que hereda Natalia en el sitio inquietante, donde todos los idiomas se mezclan y las razas se confunden. Tampoco ella logra traspasar la nimiedad de su existencia, aunque no sea frágil y no haya podido ir a la escuela.
Es esa fortaleza interior la que hace que tome las riendas con una madre enferma, un nuevo padre y una hermana. Sumida en una prieta economía, es personaje vital de un cuadro realista de la vida en pequeño sofocada por la futilidad de su destino y penada de antemano. No renuncia a una mejor calidad de vida, sin embargo.
La trama, en realidad, es sencilla: la historia de tres generaciones que de tanto escucharla permite su rescate, a través de la memoria. Detrás de esa reparación hay mucho más.
Es interesante observar las acciones y los sentimientos que explicitan las figuras femeninas -en el relato- en oposición a las masculinas. Un par, movilidad e inmovilidad, puede adjudicárseles.
Agostino con su herida abierta vaga y deja una herencia: el valor de la filiación. Sus hijos se encuentran, se conocen, recuerdan. Natalia con ello se recobra y conoce ese mar, que tanta mezcla de sentimientos le genera.
Hoy mujer, ayer “barquita mía” se reconcilia, con la presencia de Giovanni, de las desventuras a las que la vida la ata, la enoja y enfrenta cómo puede: haciéndose cargo de mucho más de lo que debiera.
Una novela corta que bucea en los procesos migratorios y sus legados; pero –sobre todo- cómo por ellos se genera una nueva imagen de la nación argentina. Pretéritos que emergen y trayectorias que se enuncian sin perder la voz.
Una cita textual y un epígrafe, en el comienzo, preanuncia el contenido del relato y un final que no deja dudas sobre la intención que lleva la reconstrucción de un árbol genealógico para no olvidar los orígenes y, desde sus acopios, cómo se fue construyendo nuestro país.
En el rescate, descubrir las emergencias, que atraviesan a casos y dramas personales, es delinear un drama más vasto, que es el de la ciudad que los recibe. Un mundo que aun debe conocerse, definirse y encontrar la palabra que exprese, revele y comunique a su nueva gente.
Una autora, Griselda Gambaro, novelista y dramaturga argentina. En virtud de la memoria, un dato para consignar: durante la dictadura militar, un decreto del general Videla prohibió su novela “Ganarse la muerte”. Profusa producción de muy buena literatura.
 
Fte e Img: Bariloche 2000
https://www.bariloche2000.com/noticias/leer/el-mar-que-nos-trajo/110816

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