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HUMANIDAD Y ALCOHOL

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Una breve historia de la borrachera es un libro embriagante
Río Negro - Cipolletti: Un entretenido texto que trata la relación entre la humanidad y el alcohol desde nuestros antepasados hasta la famosa prohibición. 
¿Cómo y cuándo empezó el hombre a emborracharse? ¿Con qué oscuro fin? Esas podrían ser las preguntas fundamentales que Mark Forsyth, autor de Una breve historia de la borrachera hubiera aspirado a responder. Pero no.
Con una entonada escritura llena de humor e inteligencia, decide llevarnos de viaje por el mundo del trago y sus paisajes en la historia: en su libro asistimos a la curiosa política de los persas, que discutían todo dos veces, una vez borrachos y otra sobrios; nos enteramos que Sócrates y Confucio fueron grandes aguantadores del trago; y paseamos por los suburbios de Londres en el siglo XVIII en plena ebullición del gin. Son sólo ejemplos menores.
Frosyth confiesa sus intenciones desde el vamos. Es sólo una breve historia. Si se tratase de haber escrito La historia de la embriaguez se necesitaría toda una biblioteca para darle sustento. Y muchas vidas para escribirla.
Por lo que el autor, un celebrado ensayista británico de 42 años especializado en el estudio de las palabras caídas en desuso, se sienta feliz en la barra y vierte la copa de cientos de historias y detalles sobre cómo los hombres, una vez descendidos de los árboles, nos procuramos todo el alcohol que pudimos.
Hablemos de bebidas
¿Datos curiosos? El libro está lleno y es lo que lo hace particularmente disfrutable al mismo tiempo. Por ejemplo, que las ratas al beber alcohol vivencian algún grado de vergüenza respecto a la resaca. Que en el mundo azteca el alcohol estaba prohibido y penado con la muerte salvo para los ancianos quienes podía emborracharse a gusto con pulque. O que los romanos disponían a sus invitados al convivium con un protocolo tan estricto como humillante para buena parte de los bebedores invitados; y que ese era el objetivo de todo el encuentro: humillar, de tal forma que llegaba a servir vinos de diferentes jarras y cualidades en una misma mesa y para diferentes invitados, según el rango. O bien, que en una ciudad de la antigua sumeria los tragos se pagaban con canjes sencillos, cebada, trigo, sal y que las cantinas eran regenteadas por mujeres mientras que puertas afuera esperaban las prostitutas. La relación entre cantinas y prostitutas parece haber estado bien clara en aquellos tiempos. De forma después de beber la cerveza grumosa que elaboraban las cantineras, y si te entraban ganas de sexo, podías pasar a la segunda fase del canje.
Al respecto escribe Forsyth con un humor estupendo: “la única guía de precios realista (…) se encuentra en un documento legal que dice que un combate sexual costaría un lechón. Probablemente un lechón era mucho para una sola cerveza, así es que se podían saber las intenciones de un clientes desde el principio. Si vas a la taberna cargando un chanchito, claramente no fuiste sólo por la cerveza”.
¿Más?
Y así. La historia de la borrachera es un libro imprescindible para los bebedores y los abstemios con sed de curiosidad. Lo mejor, sin dudas, es el buen humor con el que está escrito y la liviandad aparente con la que reflexiona sobre el deseo de romper el aburrimiento, la forma en que las relaciones humanas están regladas hasta la necesidad de romperlas y cómo de alguna manera que queda clara al leer el libro, el alcohol –pero no sólo– y la borrachera en general son claves para la escala humana de la vida.
Vale la pena llegar hasta el final. Se descubrirá por qué los rusos son unos borrachines estridentes, cómo fue que la prohibición en Estados Unidos logró acabar con una forma de beber pero no con el alcohol –que no pretendía eliminar, según analiza con agudeza Forsyth– o la forma en que los vikingos se embriagaban y hacían promesas de borrachos que estaban obligados a cumplir a riesgo de perder la vida. Toda esa diversión en sólo 230 páginas.
Solo sé que bebí todo
Mark Forsyth plantea una cuestión interesante en su libro. Y es que la relación entre la embriaguez y autocontrol parecen haber sido valores clave a lo largo de la historia. Y cita a Platón, quien explica que Sócrates era un gran bebedor de vino durante los simposios –literalmente, libaciones de vino sin agua– a quien nunca lo vieron borracho. Lo mismo asegura el discípulo Mencio de su maestro Confucio. Y es un valor que observa entre los dioses de la antigüedad, con excepción de los vikingos, quienes alaban la borrachera por sobre la sobriedad.
 
Joaquín Hidalgo. Especial
 
Fte e Img: La Mañana Neuquén
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