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Literatura & Libros

FALTA DE LITERATURA

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MariaEugenia

Puigarnau: "Hay muchos niños abandonados frente a las pantallas y es peligroso"
Entre Ríos - Paraná: "El aula, el juego, el movimiento y las nuevas formas constructivas de conocimiento frente a una institución hundida en su decadencia.
La profesora de Lengua y Literatura María Eugenia Puigarnau señaló la falta de literatura infantil y juvenil tanto en la formación docente y como en la escuela, género que considera una herramienta muy útil para el acceso a los textos clásicos, además de tener un fin en sí misma. Igualmente, la especialista en Investigación Educativa se pronunció por la integración de las nuevas tecnologías digitales –más allá de advertir sobre sus riesgos– en las nuevas formas pedagógicas, de cuyas experiencias dio cuenta. “Estamos frente a un cambio de paradigma y tenemos que aceptarlo”, expresó la coordinadora del taller Palabras para volar.
La abuela, el piano y las letras
—¿Dónde naciste?
—Nací en Paraná pero me crié en Bovril –Departamento La Paz–, un pueblo muy pequeño donde hice la Primaria y el Secundario. Mis abuelos eran de Paraná pero se habían ido allá.
—¿En la ciudad o la campaña?
—En la ciudad, detrás de la vía, barrio Alborada, pequeño. Era la que organizaba fiestas y tenía una pequeña “escuelita” en el patio. Había un club muy cerca y la escuela 112. Mi vecina era la maestra de Música y tocaba el piano.
—¿Había un límite que no podías trasponer?
—Nos dejaban andar solos todo el día, en bicicleta, y éramos muy libres.
—¿Personajes?
—Mi abuela (risas), quien hacía teatro; mi abuelo –que era muy grande– andaba en bicicleta, y la profesora de piano, que siempre quise aprender, pero era muy inquieta. Así que tomé el camino de las letras desde chica.
—¿Cómo era la relación con tu abuela?
—¡Ah, una genia; me mostró un camino! Yo vivía enfrente de su casa y me la pasaba allí. Era la única persona en mi familia que leía literatura, a la siesta o a la noche. Nos acostábamos en su cama, me leía y contaba cuentos. Publicó mucho en la revista El Aguará y vendía la revista.
—¿Cuáles fueron influyentes?
—Caperucita Roja, que le pedía que me lo contara una y otra vez, siempre distinto. Me regaló el primer libro-álbum Señor Spock, a quien se le levantaban las cejas.
—¿Te leía o leías sus escritos?
—Escribió mucho sobre el monte, era una literatura paisajística y descriptiva, y estudió en Paraná pero cuando era chica vivía en el campo. Uno de sus libros es Quemar las naves, en el cual habla sobre el paisaje y personajes típicos de Entre Ríos.
—¿A qué jugabas?
—A la maestra, siempre, a organizar eventos, para lo cual preparaba a los chicos e tuvimos una comparsa con vestuario hecho con diarios y salíamos por el barrio.
—¿Sentías una vocación?
—Quería ser bailarina, hacía danza y bailaba hasta el Padre Nuestro en la iglesia (risas) cuando lo cantaban. Mi abuela me dejaba.
—¿Mantuviste esa afición durante mucho tiempo?
—Sí, hice muchos años de danza clásica porque me apasionaba. Mi abuela me ponía las polonesas de Chopin y me hizo un tutú, cuando yo tenía 5 años. También hice mucho teatro e iba con ella, al igual que al gimnasio e inglés. En el club hacíamos actividades lúdicas y deportivas, los sábados. En Paraná trabajé en la Biblioteca Caminantes, y fue una antes y después.
—¿Hasta qué edad bailaste?
—Hasta que vine a Paraná. Quería ser bailarina pero en mi casa no había apoyo.
—¿Qué materias te gustaban?
—Historia –cuya profesora era excelente. Iba a una escuela católica con orientación contable y me aburría muchísimo. Me sentaba en el último banco y leía novelas. No sé por qué me mandaron ahí, ya que tuve miles de problemas (risas).
—¿Autores predilectos?
—Dostoievski, Tolstoi, literatura social y rusa, Roberto Arlt… Carlos Fuentes…
—¿Escribías?
—Poesía, pero no tanto; ahora escribo más, literatura infantil y cuentos. Hay un proyecto de escribir una novela histórica.
—¿Qué actividad laboral desarrollaban tus padres?
—Mi papá hizo un montón de trabajos y era muy talentoso: municipal, en Enersa, se independizó forzosamente durante la privatización, mecánico. Mi mamá, auxiliar farmacéutica y trabajaba en el hospital.
Formación y universo ausente
—¿Hasta cuándo viviste en Bovril?
—Hasta que terminé el Secundario. Siempre quise ser docente y hacer el profesorado de Literatura, porque mi abuela escribía, ganó un premio con Vargas Llosa de jurado, y otros, y tenía una biblioteca muy grande.
—¿La formación se concilió con lo que imaginabas?
—Fue muy buena, tuve profesoras excelentes y después hay que completarse, y adaptarte a cada realidad. Al principio me costó bajar los contenidos, en cuanto a querer enseñar textos clásicos de la manera en que uno cree que podrá hacerlo. Descubrí que tenía que buscar un método más lúdico y comencé a profundizar con el juego –con autores como Gianni Rodari y su Gramática de la fantasía– para poder abordar el interés del niño.
—¿Qué déficit tiene la carrera?
—Respecto a mi formación, el hecho de que no haya literatura infantil y juvenil en el profesorado de Literatura es sumamente crítico. Tiene que estar, es parte de nuestra historia y tiene un fin en sí misma. Hemos tenido literatura infantil proscripta. Tampoco hay una literatura específica para estudiar la historieta como materia.
—¿Por qué está ausente un universo tan rico? ¿Se la considera un género menor?
—Sí, al igual que a la historieta. María Teresa Andruetto dice que el hecho de considerarla como “infantil” la pone en un escalón por debajo. Puedo leer con vos Alicia en el país de las maravillas y podemos disfrutarlo; El principito, o un texto clásico de la literatura infantil –desde el sentido crítico para deconstruir, por ejemplo, los estereotipos de género–. Tengo una colección de distintas versiones de Caperucita: una es china, ilustrada a modo de historieta, otra casi sin texto, con sólo ilustraciones, otra ilustrada como en la Época del Charleston, que dialoga intertextualmente con la Revolución Francesa y María Antonieta, hasta llegar a la de Marjolaine Leray, rebelde, que envenena al lobo. También estoy trabajando en la deconstrucción de los estereotipos de los cuentos tradicionales femeninos en La cenicienta, porque de alguna manera todas fuimos educadas según ese modelo.
Escuchar al otro y construir
—¿Dificultades al comenzar la práctica docente?
—La de lograr la atención. Todo va en despertar el interés con los disparadores que uno plantea y en demostrar pasión. No se puede enseñar si no te gusta lo que estás dando, aunque obviamente hay que basarse en los contenidos curriculares mínimos. Pero hay que elegir los textos que te enamoran para poder compartir. En el secundario –en 2013– tuve una experiencia muy linda en mi escuela –la López Jordán, muy humilde– con la llegada de las notebook, porque fue una herramienta importante. No tenemos bibliotecaria –la gestionamos entre todos– y la biblioteca es mínima.
—¿Cuál considerás que son las formas pedagógicas más desactualizadas?
—Hay muchas cosas para plantearle a la institución. La literatura infantil-juvenil es un elemento importante para llegar a los clásicos, trabajando la intertextualidad, no al revés. El Quijote es hermoso pero podemos llegar a través de otros textos.
—¿Qué otros autores o teorías te resultaron eficaces al momento de intentar nuevas estrategias?
—La teoría de la percepción –de Roland Barthes–, en cuanto a tener en cuenta al lector y que el texto es una construcción, lo recibo, reconstruyo y resignifico; tener en cuenta la interpretación, no pedirle al chico “qué mensaje me da este texto”, limitándolo al sentido unívoco. Hay que escuchar al otro y no bajar línea, compartir y construir. También trabajar con la resignificación de sus realidades.
—¿En qué sentido?
—El de trabajar textos que tengan que ver con sus realidades.
—¿Cuántos años de docencia?
—Doce años y en el ámbito no formal, nueve.
—¿Durante ese lapso, cómo observás que ha influido el desarrollo virtual y tecnológico en el ámbito de la escuela?
—Para mí ha sido una gran ayuda, porque trabajo en una escuela en la cual solo hay diez diccionarios para veinte alumnos, al igual que pocos libros y las computadoras rotas. Entonces descargamos un PDF, y trabajo mucho con la pantalla y los celulares, lo cual a veces los directivos no entienden. Estamos frente a un cambio de paradigma y tenemos que aceptarlo e incorporarlo. Me encanta el objeto libro, pero es muy costoso.
—¿Los libros objetos y juguete que me mostraste son caros?
—Sí, no bajan de 600 pesos y no están al alcance de la canasta familiar. Entonces hay que entrar a las bibliotecas digitales y estoy digitalizando una antología de libros infantiles.
—¿Cómo integraste la notebook?
—Justo estaba buscando nuevas herramientas. Siempre me gustó trabajar en forma interdisciplinaria y lo hice muy bien con una chica que es diseñadora gráfica, en un proyecto que se llamó El libro álbum. Producciones colectivas (https://produccionescolectivas.webnode.es/) y consistente en la construcción de libros digitales con los chicos y una biblioteca virtual. Primero hubo que promocionar la lectura de literatura infantil para que luego pudieran producirlos, y así cada uno escribió e ilustró su libro, con técnicas como el stop motion y fotografía, en lo cual colaboró Lucrecia Grubert. Fuimos a Mar del Plata a exponer, luego lo mandamos al (Premios) Clarín-Zurich 2013 y ganamos para la escuela $45.000.
—¿Qué posibilidades encontraste en lo lúdico?
—Gianni Rodari tiene mucho que ver con eso. Es un disparador importante; además siempre fui inquieta y no puedo estar quieta en el aula. Hay que moverse y el aula tiene que dejar de ser un espacio para estar sentado todo el día, y buscar un juego a cada texto, que se pueda jugar con el cuerpo y con la construcción de objetos. Y trabajar en interdisciplinariedad. Los espacios –por ejemplo el de Lengua o de Arte– no tienen que ser cerrados sino que tienen que dialogar y relacionarse. Puedo trabajar Geografía unida a Literatura, Historia o Artes Visuales.
—¿Por qué le cuesta tanto al sistema?
—Porque está diagramado de una forma para que sea imposible, ya que cada profesor tiene su módulo, se va a otra escuela y no hay horas pagas para trabajar en equipo. Debieran trabajar todo el día en una sola. Quizás en la escuela primaria sea más fácil. Gracias a Dios pude concentrar las horas en una sola escuela.
Sistema, impedimentos y el espacio propio
—¿Experiencias o situaciones de desaprendizaje?
—El encuentro con los niños y construir mi espacio propio fue muy importante, ya que el sistema no lo permite, para trabajar a mi ritmo y con las disciplinas que me gustan. Palabras para volar comenzó en 2013 y tuve que salir del sistema para construir aprendizaje, ya que es muy difícil y depende de muchas cosas.
—¿Cuál fue la idea originaria?
—Descubrir lugares donde promover la literatura infantil. La Biblioteca Caminantes fue un camino, también estuve en la Biblioteca Los Aromos y abrí mi espacio propio, que funciona en el Casal de Cataluña. La idea es trabajar la lectura como eje principal pero a través de la interdisciplinariedad y así comencé con una chica que es música –Valentina Rodríguez–, también con psicólogas –como Ludmila Schussler–, psicopedagogas –Laura Budini– y el profesor Tavo Bolzán, quien hace historietas. Hemos hecho trabajos desde la literatura y la música, sonorizar, cantar y bailar poesías, construir un instrumento, leer un cuento y transformarlo en una obra de títeres…
—¿En qué te modificaron como docente estos cruces?
—Modificaron totalmente mis prácticas en cuanto a ser más flexible y estar abierta al requerimiento de lo que necesita el chico. Me he dado cuenta de que hay que estar abierto al aporte de otras disciplinas. Ahora estoy queriendo trabajar con un acuarelista.
—¿El docente, en general, tiene temor a hacer estas experiencias, por no poder contenerlas luego?
—Sí, puede haber mucho temor, más allá de que todos hayan leído a (Lev)Vigotski (risas) y sepan que hay que construir. La docencia agota porque se pone el cuerpo, pero es muy linda.
—¿Qué días funciona el taller Palabras para volar?
—Los miércoles, y es para niños a partir de cuatro años hasta diez años. Se puede comenzar en cualquier momento del año, trabajamos narrativa, poesía y teatro de títeres. También tenemos espacios abiertos al público ya que en 2015 realizamos un encuentro de narradores infantiles –con Joselina Martínez, de Santa Fe– y espectáculos de narración en La Vieja Usina –con Evangelina Schiro–. El taller y el espectáculo también están destinados a las escuelas.
—¿Tenés página en Internet?
—Palabras para volar, en Facebook e Instagram.
Hay que comenzar desde temprano con la palabra
Puigarnau se pronuncia por un trabajo con la literatura desde un punto de vista no moralizante ni pedagogizante, sino desde el disfrute y la función literaria. “También hay que ver al libro como un juego”, destaca.
—¿Por qué te orientaste hacia la literatura infanto-juvenil?
—Cuando comencé a trabajar en los barrios me di cuenta que hay que comenzar desde temprano con la palabra. Siento la necesidad del niño de recibirla y escuchar un cuento. Escuchaba muchos niños hablando como en la televisión, en lenguaje neutro, como mexicanos… entonces sentí que tenía que hacer algo. En la infancia se construye subjetividad y la palabra tiene poder, por eso es necesario trabajar la literatura no desde el lado moralizante y pedagogizante, como lo ha hecho la escuela toda la vida– sino desde la teoría de la estética y la recepción, el disfrute y la función literaria. Estudié mucho los cuentos tradicionales pero no podemos dejar de tener en cuenta el fin pedagogizante y moralizante que tienen, y ni hablar de las ediciones edulcoradas para niños, en las cuales se suprimen temas y se los considera tabúes. ¿Por qué el niño no puede leer sobre la muerte? La literatura también te prepara para enfrentar la vida. También hay que ver al libro como un juego, como los de Laura Devetach –Avión que va, avión que llega– en cuanto a que no es sólo sentarme a leer sino que después puedo construir avioncitos en origami, o los de la entrerriana Jorgelina Rodríguez. Cada texto abre un disparador al juego. Trabajamos la literatura como un juguete pero con sentido crítico. La lectura ordena y ayuda al pensamiento y la expresión, amplía el vocabulario, promueve la atención y el pensamiento crítico. Gianni Rodari decía que hay que trabajar la literatura desde muy temprana edad no para que todos los niños sean artistas y escritores, sino para que sean libres.
—¿Cómo definís o describís al niño de la era virtual?
—Tenemos que tener en cuenta que está expuesto a una simultaneidad de propuestas y estímulos. Hacerlo desde la palabra quizás cueste –y les cuesta– un poco más que en otros momentos, pero igualmente prestan atención. Noto que les cuesta la comprensión lectora, captar el argumento de una obra, la sintetización, por la masificación de la información. Son infancias muy duras: van a la escuela seis horas y después hacen más actividades que un adulto –ya que se preparan para un mundo en el cual será muy exigido. Debe ser un sujeto post moderno idóneo, capaz de hablar bien y verse bien físicamente, porque lo exige el sistema. Es un niño exigido y bombardeado, y también hay muchos niños abandonados frente a las pantallas –lo cual es un peligro–.
—¿Recomendación para los padres?
—Irse a dormir con un cuento siempre que se pueda y regalarles un libro-juguete o libro-álbum –que también pueden ser los clásicos, como Horacio Quiroga. Aunque no hay que comprar cualquier cosa sino que sea un objeto estético. Hay literatura argentina de muy buena calidad como la de Istvan –quien trabaja el libro juguete–, Gustavo Roldán, Pablo Bernasconi e Isol.
 
Fte e Img: Uno Entre Ríos
https://www.unoentrerios.com.ar/a-un-click/puigarnau-hay-muchos-ninos-abandonados-frente-las-pantallas-y-es-peligroso-n2527245.html
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