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OJOS CRUELES

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OjosCrueles

Las fotos de la conquista invasora en tierras indígenas. Por Carlos Espinosa

Río Negro - Viedma: Las crónicas históricas que compusieron el relato oficial sobre la llamada Campaña al Desierto, una cruel operación política y militar del Estado argentino para exterminio y arrinconamiento de los pueblos indígenas del sur, están muchas veces acompañadas por interesantes fotografías que procuraban mostrar los “progresos civilizadores” logrados con el gran despliegue castrense y religioso, encabezado por el general Julio Argentino Roca y  monseñor Antonio Espinosa (con quien este comentarista no tuvo ningún lazo de parentela, por suerte).
Esas imágenes no son para nada inocentes ni casuales, y téngase en cuenta que por entonces no existía la “foto instantánea” y era necesario componer cada cuadro poniendo cuidadosamente en escena a los protagonistas, eligiendo el marco natural o el telón pintado que se usaba de fondo. De esta forma se refleja con claridad, tan significativa como su notable calidad técnica, la ideología del poder; de ese modelo de expansión territorial que con la excusa de ganar espacio para la producción agroexportadora ponía en marcha uno de los más fabulosos negocios inmobiliarios argentinos del siglo 19 .
Esas fotos, tomadas por jóvenes profesionales de la fotografía de temerario espíritu aventurero, fueron analizadas con profundidad crítica por el periodista, investigador de la historia regional, fotógrafo y editor gráfico Pablo Lo Presti en un importante libro que, con acierto, titula “Ojos crueles”, y que promete abarcar “historias de la fotografía en Patagonia 1879-1950”.
Desde el arranque el autor advierte  que se propone rebatir la atmósfera  falsa que rodea al documento fotográfico. Antes del primer capítulo cita al fotógrafo y ensayista catalán contemporáneo Joan Fontcuberta, cuando dice que “toda fotografía es una ficción que se presenta como verdadera” y añade que “contra lo que nos han inculcado, contra lo que solemos pensar, la fotografía miente siempre, miente por instinto, miente porque su naturaleza no le permite hacer otra cosa. Pero lo importante no es esa mentira inevitable. Lo importante es cómo la usa el fotógrafo, a qué intenciones sirve. Lo importante, en suma, es el control ejercido por el fotógrafo para imponer una dirección ética a su mentira…
Después de semejante declaración Lo Presti nos sumerge en una cubeta (de aquellas que se usaban hace más de 30 años en los laboratorios fotográficos artesanales) y nos hace flotar en  líquido revelador (en este caso la abundante información recogida y las oportunas citas de especialistas en comunicación e iconología) para ponernos de frente a la crueldad de la mirada a la que alude el título.
Después de una atinada introducción, acerca de “el efecto realidad de una cartografía imaginada”, el segundo capítulo está referido a “fotografía y conquista”, analizando en especial los trabajos de Antonio Pozzo –fotógrafo que retrató al jefe Pincén ya prisionero, y después acompañó a Roca en sus incursiones de 1879 -;  y los de Edgardo Moreno, Carlos Encina y Pedro Morelli –ingeniero, agrimensor y fotógrafo, respectivamente; quienes participaron de la llamada Campaña de los Andes al Sur de la Patagonia, que comandó el general Conrado Villegas entre 1882 y 1883.
La tercera parte es sobre “fotógrafos viajeros al Territorio Patagónico”, aludiendo en particular a Gustavo Schulz, Carlos Foresti , Ángel Custodio Fernández de Cabrero y Federico Kohlmann, que en distintos momentos, entre fines del siglo 19 y las primeras décadas del siguiente, tomaron imágenes de pobladores indígenas y –sobre todo- de los denominados “colonos pioneros”, así como de los detalles de las nuevas poblaciones y de los avances comerciales que se produjeron en la región en esos tiempos, incursionando además –en el caso del último de los nombrados- en el incipiente negocio de las foto-postales.
El libro “Ojos crueles” realiza un aporte muy valioso en la creciente bibliografía revisionista acerca de la guerra y despojo del Estado contra el indio. Sobre todo cuando pone el foco en  el italiano Antonio Pozzo, cuyas fotografías se constituirán en íconos ilustrativos del avance militar en territorios del norte patagónico y será el autor de muy conocidas imágenes de Carmen de Patagones en 1879, como aquella que muestra el “arco de triunfo” levantado para recibir a Roca y sus oficiales sobre la calle que lleva el nombre del militar en el barrio del Puerto.
Me importa, entonces, extraer algunos datos y reproducir párrafos del texto de Lo Presti. Sobre todo aquellos que revelan la profunda crueldad del trabajo de Pozzo, en aquello que sería el primer relevamiento fotográfico de habitantes y escenarios patagónicos.
Nos enteramos que Pozzo aprendió el oficio hacia 1840, teniendo como maestros a John Armstrong Bennet y Thomas Helsby (yanqui el primero, inglés el otro) que introdujeron en el país la novedosa técnica del daguerrotipo en las primeras décadas del siglo 19.
Sus primeros trabajos importantes fueron los retratos de estudio de los generales Justo José de Urquiza ,  José María Paz y  Bartolomé Mitre; así como de los políticos Adolfo Alsina y Domingo Faustino Sarmiento, y de figuras destacadas de la vida social de Buenos Aires, como doña María Sánchez de Mendeville, viuda de Thompson. Como cronista fotográfico se ocupó de los actos de inauguración, en agosto de 1857, del Ferrocarril del Oeste, primer trazado ferroviario argentino; y tuvo la audacia de intentar subirse con su cámara y trípode en la barquilla de un globo aerostático, para registrar por primera vez una serie de imágenes aéreas de la ciudad de Buenos Aires.
Estos antecedentes motivaron que en diciembre de 1878 el general Roca hiciera llamar a Pozzo, para encargarle varios retratos del cacique Vicente Catriano Pincén, tomado preso por Villegas en noviembre de ese mismo año en cercanías de Cura Malal. El lonko estaba confinado con su familia en la isla Martín García y fue llevado al estudio fotográfico del italiano, en la antigua calle Victoria(hoy Hipólito Yrigoyen) al 500, en el centro de la ciudad, junto con sus familiares y  un grupo de indios, todos prisioneros, con el propósito de que también ellos posaran  frente a la cámara.
Del historiador Bartolomé Galíndez repite Lo Presti los datos que permiten reconstruir aquel momento, del 13 de diciembre de 1878, cuando Pozzo le toma a Pincén y su gente una serie de fotografías, y llama sobre todo la atención aquella (que aparece en la tapa de la obra que estoy comentando) donde al jefe mapuche se lo  hace posar con “trarilonko” (cinta o faja angosta ceñida en la cabeza), chiripá de tela y botas, sosteniendo en sus manos una larga lanza (que no deja ver si remata en punta de madera o con un filo de metal) y con una boleadora de dos “trauihiles” atada al pecho desnudo. La cita descubre que esas armas fueron llevadas al estudio por el Perito Francisco Moreno, “quien habló a Pincén en su idioma (para pedirle) que se retratara como había sido siempre cuando conducía a sus lanceros en el desierto”; y que el cacique había llegado al sitio con un poncho liviano sobre una camisa, sin cinta en el pelo y con un sombrero de fieltro, tal como aparece en otra de las fotos, o sea que para esa ocasión fue obligado a “actuar la escena”.
Sostiene Lo Presti que “rodeado de un escenificado fondo agreste, con su torso desnudo, su pose amenazante y su lanza en posición de ataque, Pincén (cuyo rostro no deja sin embargo de reflejar el hastío del cautivo ante tanta violencia) confirmaba a los ojos de los ilustrados la “condición salvaje y fiera del nativo, en el momento mismo en que era uno de los personajes menos peligrosos de la nación”.
Añade después que “para la época, la representación de los individuos a través de un retrato implicaba realizar un montaje estético cuidadosamente normado según el canon formal dominante. Los recursos más evidentes con los que contaban los fotógrafos y los sujetos representados eran la escenificación y la pose, arbitrios indispensables para llevar adelante la dramatización de una gestualidad que se buscaba congelar”.
La indumentaria, las poses y los gestos son atributos propios de cada cultura, signos de identidad y jerarquía, normados por la “corrección” de los usos sociales. La imagen de un Pincén vestido a lo gaucho, como muchas veces lo hacía estando libre, no concordaba con los estereotipos y las necesidades de representación de los “agentes ilustrados” de la ciudad (el científico Moreno que aportó los elementos militares, etc.) y con las necesidades comerciales de fotógrafos como Antonio Pozzo, quienes vendían con gran éxito estas imágenes en forma de reproducciones y postales, en un mercado que las consumía deseoso. Pincén ataviado de esta forma con poncho, chiripá y botas, acortaba la distancia entre el “civilizado” y el “salvaje” y era necesario restituirlo al lugar que según la mirada del “huinca” debía tener en el reparto de los roles sociales, para que el sistema de jerarquías impuestas no se viera erosionado”, puntualiza, con gran acierto.
Después de la sesión fotográfica Pozzo tuvo un gesto caritativo y realizó entre los presentes una colecta, que permitió reunir siete pesos oro que fueron entregados al jefe indígena, como una ayuda material. Sentencia Lo Presti que "con ello, a la violencia del retrato le siguió el insulto de la limosna”.
Unos meses después, enterado de los preparativos para una campaña militar hacia “el desierto”, Pozzo se ofrece como fotógrafo oficial y se integra a la segunda columna con una carreta que usará como laboratorio y vivienda para su ayudante, Alfredo Bracco , y él mismo.
Los registros de Pozzo sumaron varios cientos de fotos, en las que aparecen jefes militares, soldados, campamentos de campaña, indios y sacerdotes, paisajes áridos, el río Negro, el puerto y calles de Carmen de Patagones, entre otros motivos.
Lo Presti reparó en que el fotógrafo oficial de la expedición punitiva roquista fue ignorado en las publicaciones conmemorativas del centenario de aquellos episodios, que el Gobierno nacional de la dictadura cívico-militar celebró con generosidad en 1979.
En este sentido reproduce palabras del historiador Juan Gómez, quien aseguró que el nombre de Pozzo “quedó en un olvido casi absoluto como restándole importancia a su labor, (porque) se habla de sus imágenes ingenuas y complacientes, pero no se puede pretender que registraran imágenes cruentas cuando la misma campaña de 1879 no lo fue”.
El autor de “Ojos crueles” desmiente a Gómez, afirmando que la avanzada de Roca y compañía  fue cruenta, pues “el Ejército ejerció la violencia firmemente tanto con los grupos nativos a los que despojó de sus territorios, como para con los soldados que actuaban en sus líneas”; aludiendo a los testimonios escritos por cronistas militares como Manuel Prado y otros, quienes se refirieron al mal trato para con la tropa. Cita, además, el informe del propio Roca ante el parlamento nacional, donde detalla que hubo 1.323 indios muertos “en combate”, y que se tomaron como prisioneros 10.539 mujeres y niños, y 2.320 varones.
A continuación sostiene que este “olvido” del célebre fotógrafo en la conmemoración del centenario de la mal llamada Campaña al Desierto obedece a que “a pesar de que la imagen que Pozzo da en sus álbumes puede ser calificada de cándida y hasta complaciente sus fotos no dejaban de ser incómodas para quienes detentaban el poder real en la primera mitad de la década de 1980”.
El mito de la nación blanca se disuelve en las imágenes. En la mayoría de ellas cuesta distinguir quién era “el salvaje” y quien era “el civilizado”, tanto en los términos culturales como raciológicos en los que el proyecto dominante tradicional ha articulado su discurso” apunta después.
Lo Presti enumera aspectos salientes de los registros fotográficos de Pozzo, en referencia al estado ruinoso de los fortines y la pobreza de los pueblos que surgían junto a esos establecimientos militares; la lamentable condición de los indios cautivos “tan parecidos en aspecto y fisonomía a los soldados de línea”, la presencia amenazante de los indios aliados al Gobierno que “tiñen de barbarie a las filas de los regimientos”.
Todos ellos son retratos que no encajan con el mito del orden y las mieses, de la Argentina “blanca y europea”, la Argentina “potencia”, “civilizada”, “granero del mundo”, forjado por la clase dominante y sus voceros” describe, en ese punto,  y completa tajantemente que “con esas fotos se cae a pedazos la imagen del Ejército profesional y científico, organizado a semejanza de los de la admirada Europa y lo que es peor aún, se cae el mito que formó parte de los argumentos que buscaban legitimizar los planes económicos y las políticas de las dictaduras que asolaron al país desde 1930”.
Este importante trabajo de investigación y recopilación de imágenes realizado por el chubutense Pablo Lo Presti no sólo advierte sobre las malas intenciones que se ocultan detrás de aparentes documentos fotográficos verídicos y exactos, sino también desnuda las imprevistas contradicciones entre lo que se quiere contar y lo que realmente se muestra.
Como ya se ha dicho al principio, el libro “Ojos crueles” constituye un nuevo aporte al análisis revisionista de los hechos de aquella sangrienta y triste campaña del general Roca. Fue editado a fines del 2019 por Remitente Patagonia, de Trelew, tiene 256 páginas y contiene numerosas reproducciones de las tomas de aquellos fotógrafos mencionados en el texto, como el caso de Antonio Pozzo. ¡Bienvenido a las bibliotecas públicas y privadas de todo el país y, especialmente de la Patagonia! 
Fte e Img: App Noticias
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